"DÍA DEL VETERANO DE GUERRA DE MALVINAS”

Guerra de Malvinas: se cumplen 39 años del conflicto bélico que caló hondo en la vida y el espíritu nacional

“Si tuviera que sintetizar la guerra, para mi tuvo tres momentos: primer muerto por herida de fusil; primer ataque aéreo al puerto Argentino, y el triste y estruendoso alto el fuego donde sentí que el silencio me aturdía dolorosamente”. Sensaciones en primera persona de Mario Baigorí, un científico sobreviviente.


En 1981, había recibido su titulo de bioquímico en la UNT, y contaba con aspiraciones y proyectos que le iban a deparar un futuro prometedor. Tal es así que, en la actualidad, se desempeña como investigador del CONICET y es vicedirector en la Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos (PROIMI). La referencia es para el doctor Mario Baigorí, científico sobreviviente de la Guerra de Malvinas.

No obstante, el trayecto no sería para nada fácil, ya que el inicio de su carrera profesional estaría grabada a fuego por un acontecimiento insoslayable que cambiaría el rumbo de su vida para siempre: el conflicto con Gran Bretaña por la ocupación y el apoderamiento de ése territorio ubicado en el sur del continente.

Por medio de un testimonio fehaciente y ferviente de los hechos, Baigorí evidencia las peripecias que atravesaron los soldados argentinos en dicha contienda entre naciones. Fueron 74 interminables días en los cuales perduró la guerra perpetuada entre Gran Bretaña y la patria argentina; iniciada un 2 de abril de 1982 mediante la Operación Rosario, y cuyo propósito consistía en recuperar el archipiélago usurpado siglos atrás. Para cumplir con tal cometido, las fuerzas militares argentinas bajo las órdenes del Presidente de la última dictadura cívico-militar, el Teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, arremetieron y contragolpearon en representación de la proclama del primer mandatario, que versaba: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”.

En su relato, el investigador detalla que fue de soldado conscripto en el batallón logístico 10, donde inicia la instrucción en el Liceo militar Gral. José de San Martin de Buenos Aires. Allí –explica- fue capacitado en el uso de armas y otras tareas de la institución. “Luego me regresaron a mi lugar de residencia donde debía esperar el ´destino final´, el cuerpo de ejército de Buenos Aires, Los Patricios”. A los 4 o 5 días reciben la noticia irreversible: habían sido seleccionados para ir a cubrir posiciones en el sur con primer destino en Rio Grande, y finalmente en Puerto Argentino.

“Yo lo viví distinto a los ciudadanos del continente”, cuenta Baigorí, argumentando que su preocupación residía fundamentalmente en salvar o recuperar heridos, y agrega: “Lo más duro fue volver, vencido, y que lo que te preocupaba o creías, no era como lo creías. No. No me había preparado para la guerra, más bien lo contrario: volver creo que fue peor que estar”, concluye. En síntesis, para el científico aquella fue una época dolorosa para el país.

En agradecimiento, Baigorí menciona al Dr. Ernesto Farías, quien lo convoca para desarrollar una beca en el CONICET y que le permite incorporarse al grupo del Dr. De Mendoza, especialista que supo conformar y consolidar un equipo de excelencia en investigación en la ciudad de Rosario. Por último, subraya: “Tengo la gran dicha de tener una excelente profesional y compañera de vida, con quien desarrollamos la mayor parte de mi carrera en Tucumán y que es mi esposa. Creo que nadie se hace solo. El contexto en el que te desarrollas cuenta mucho. Y debo decir que mis compañeros, tanto en Rosario donde hice el doctorado como en Tucumán donde desarrollé el resto de mi carrera profesional, fueron espectaculares”. 

Marco temporal de los hechos

A partir de 1765, las Islas Malvinas, ubicadas aproximadamente a 600 kilómetros de la costa patagónica, fueron ocupadas por las autoridades españolas del Virreinato del Río de la Plata, luego de algunos hechos diplomáticos y militares entre Francia, España y Gran Bretaña. No obstante, en 1820, las autoridades argentinas con asiento en Buenos Aires toman posesión, nuevamente, y nombran a Luis Vernet Gobernador de las islas el 10 de junio de 1829. Cuatro años después, un 3 de enero de 1833, el territorio es usurpado por la corbeta británica Clio, quienes expulsan a los mandos argentinos vigentes.

Dicha situación se prolongó hasta el 2 de abril de 1982, año en que se dio inicio a la Operación Rosario, es decir la recuperación de las islas a través de fuerzas militares nacionales logrando la ocupación de Stanley —capital de las Malvinas—, y dando inicio al Conflicto de Malvinas de 1982. En este sentido, vale destacar que durante la recuperación del territorio promovida bajo las órdenes de la Junta Militar argentina, no hubo bajas del bando inglés.

Como respuesta, el Gobierno británico envía una gran fuerza expedicionaria que al cabo de 10 semanas de guerra desaloja a las fuerzas argentinas. El pabellón nacional flameó hasta el 14 de junio de 1982 en las islas, momento en el cual fueron “recuperadas” por la nación extranjera. La victoria británica precipitó la caída de la dictadura argentina y el inicio de recuperación del Estado de derecho, al tiempo que contribuyó a la reelección del gobierno conservador de Margaret Thatcher, en 1983.

Como consecuencia del conflicto armado que se extendió durante 74 días, murieron 650 combatientes argentinos y 255 británicos, además de tres civiles.

La Constitución Nacional, en su reforma vigente desde el año 1994, expresa en su Disposición Transitoria Primera que “la Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.”

 

Están allí, tallados en la roca

por el recio buril de la tormenta,

con un poncho de nieve cenicienta

y un jadeo de escarchas en la boca.

 

Sobre las crestas del paisaje ciego

detrás de los helados panoramas

danzan entre relámpagos y llamas

los monjes demoníacos del fuego.

 

Están allí, clavados en la cita

con los místicos dioses irredentos.

La borrasca les da su rompevientos

y la cruz del Sur les sirve de garita.

 

Deflagran en el aire como teas

flores de horror, luciérnagas impuras,

y les lame las rojas mordeduras

los lebreles de sal de las mareas.

 

Contra los vidrios del turbal inerte

y en conjunción de lábaro y espada

están allí, la piel descascarada

de cuarto vigilante con la muerte.

 

El agua central de los riscales

espuma, bajamar, onda, reflujo,

multiplica su trágico dibujo

de cósmicos menhires ancestrales.

 

Están allí, marcados en la frente

por el duro vector de la pelea,

mientras la rosa del amor flamea

tal un guijarro más en la rompiente.

 

Un holocausto de clarines puebla

los ecos de las viejas generalas,

y abaten entre líquenes sus alas

los arcángeles negros de la niebla. 

 

Están allí, flanqueados por el genio

del rayo, la pasión, los vendavales,

plantados como tótems astrales

en el mítico fondo del milenio.

 

Tras un cielo de lágrimas ustorias

perfil contra perfil, peña por peña

el sol de medianoche les diseña

su pátina de musgos y de glorias.

 

Están allí, ya nada los arredra

brumas, alarmas, nevazones,

miedos oxidada la costra de los dedos

las raíces hundidas en la piedra.

 

Y al mandato final del hombre nuevo,

el alto mar, preñado de futuro,

grita con un dramático ¡sí, juro!

la consigna del último relevo.

 

Orlando Mario Punzi

 


Por Maximiliano Grosso